Travel

Nápoles en dos días

Conocida por su idilio de amor con Maradona, Nápoles es una ciudad en la que se respira Italia en cada una de sus esquinas: calles empedradas, tráfico caótico, vespas por doquier, manteles de cuadros rojos y blancos, café intenso, una historia infinita y, sobre todo, mucha pizza. 

Mi profesora del máster siempre nos decía que la auténtica Italia se encontraba en Nápoles. Y, aunque creo que ella no era muy objetiva ya que era de allí, durante los dos días que pasé allí he llegado a la conclusión de que puede tener razón. Nápoles es una ciudad muy particular que potencia por tres todo lo que representa Italia. Eso sí, poco tiene que ver con las calles señoriales de Milán o Venecia. Nápoles es otra cosa. De hecho, puede que incluso su tráfico caótico o sus calles no muy limpias puedan llegar a saturarte en algún momento. O la amas o la odias. Eso sí, al menos una vez en la vida, tienes que visitarla. 

En un enclave privilegiado, a los pies del Monte Vesubio, un volcán activo cuya última erupción fue en 1944, y junto al Mar Mediterráneo, Nápoles se sitúa al suroeste del país. Vale, de acuerdo, no es sur como tal, pero cuando lo visites, comprobarás que sus calles saben como tal: a puro sur. A su alrededor, podrás además disfrutar de lugares tan especiales como Pompeya, Positano o la isla de Capri que te recomiendo encarecidamente si vas más de un fin de semana. Yo solamente estuve de viernes a domingo, así que a continuación voy a contarte lo que hicimos durante esas 48 horas por si puede servirte y te animas a conocerla. 

Para empezar, debes de saber que Nápoles es un lugar ideal para pasar el fin de semana. Es una ciudad pequeña, por lo que no tendrás que depender mucho del transporte público. Los vuelos son baratos y con horarios buenos y, además, tiene mucho ambiente universitario, o lo que es lo mismo, mucha fiesta. Y, cómo no, allí comerás las mejores pizzas del mundo a un precio irrisorio (entre 3 y 8€ en función del restaurante). Así que, si buscas un destino donde pasar un par de días, puede que esta opción sea la tuya. 

Cogimos el vuelo de Ryanair del viernes por la mañana a las 10.10. Llegamos allí en torno a las 12, donde nos recogió un conductor que habíamos acordado con la dueña del hotel donde nos hospedamos. Consejo 1: si puedes, contrata un conductor que te lleve al hotel. Las colas para coger el autobús lanzadera al centro tenía colas kilométricas. Consejo 2: ponte el cinturón. Allí nadie lo hace, pero lo agradecerás, ya que el tráfico allí es una locura y se resume en una sola frase: gana el que llegue antes. 

El hotel que elegimos para quedarnos fue Pizza Sleep, un Bed&Breakfast que sacamos a través de Booking sobre todo por las buenas opiniones que tenía. Y, cuando llegamos, entendimos el por qué. Toda la decoración se basa en la pizza, plato estrella de la ciudad y también receta sobre la que su familia ha trabajado durante años. Las mesas, las lámparas, incluso las mesillas de noche… Todo estaba tematizado como si fuera un parque de atracciones de la pizza. Pagamos un poco más por una habitación con vistas al mar y, si tenéis la oportunidad, os lo recomiendo encarecidamente, porque despertarse con vistas al Vesubio y al mar Mediterráneo no tiene precio.
María, su dueña, nos hizo un repaso súper completo de la ciudad nada más llegar: qué teníamos que ver, qué merecía la pena y, sobre todo, cuáles eran las mejores pizzerías de la ciudad. Así que a eso de las dos salimos del hotel, que se encuentra en la parte vieja, junto a la estación de Montesanto, y caminamos hacia una de las pizzerías que aparecían en la guía que María nos había facilitado. Su nombre es Attilio. Pedimos una pizza frita rellena de salame y una marinara. Ambas estaban buenísimas, pero sobre todo la pizza frita nos sorprendió gratamente. 

Después de comer, decidimos seguir paseando porque, no sé tú, pero soy de las que piensan que las ciudades se conocen paseando, perdiéndoselas por sus calles y sin mapa. Aún así, para conocer la ciudad, tienes que tener presente dos calles que son básicas: vía Toledo, donde encontrarás las principales tiendas comerciales como Zara o Calzedonia, y Vía Tribunal, donde se encuentran la mayor parte de las pizzerías, bares y zona monumental.
Así que, por la tarde, nos dedicamos a pasear, visitar el Duomo (el cual es gratuito y muy recomendable), tomar café y coger el metro para ir en dirección al Paseo Marítimo. María nos había recomendado que fuéramos al atardecer para tomar algo por esa zona, ¡y nos encantó! Al ser San Valentín, todo estaba decorado con rosas y corazones (los italianos estas cosas parece que se las toman en serio). Nos sentamos en una terraza a tomar una cerveza con vistas al Mediterráneo y, cuando anocheció, nos dirigimos a la pizzería que teníamos fichada para cenar: 50kalo.  

 

Llegamos a la hora justa (sobre las ocho de la tarde). Sé que seguramente pienses que era prontísimo, pero la verdad es que teníamos ganas de llegar al hotel y descansar un poco, por lo que agradecimos poder cenar pronto.
Tomamos una pizza 50 Kalo (marinara con escarola) y otra margherita pero con burrata… ¡Que estaba espectacular! No obstante, la carta era bastante amplia, así que tendréis donde elegir. A las nueve, cuando nos fuimos, la cola daba la vuelta a la calle, así que te recomiendo que vayas pronto… O mucho más tarde. 


A la mañana siguiente, aprovechamos para coger el funicular en Montesanto y subir hasta el Castillo. En ese momento, se encontraba cerrado por obras, pero las vistas desde allí arriba son privilegiadas, así que te recomiendo que, aún así, subas. porque podrás observar la ciudad a tus pies: las cúpulas de las iglesias, el Vesubio, el color amarillento de sus calles, el azul del Mediterráneo brillando con fuerza…

Después, volvimos a coger el Funicular e ir hasta el centro. Allí paseamos por Vía Toledo hasta llegar a la Plaza del Plebiscito, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad inspirada en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Visitamos el Castel dell’Ovo ,una increíble fortificación que se encuentra en un pequeño islote y en la que podrás observar unas vistas espectaculares de toda la bahía, en un edificio histórico que se conserva en perfecto estado.

Después, cogimos el metro y fuimos hasta Vía Tribunal con la intención de hacer para técnica para comer. En un principio, nuestra idea era comer en Da Michele, la pizzería más famosa de la ciudad y que más gente nos recomendó. Sin embargo, cuando llegamos, cogimos número (sí, como en la pescadería) y vimos la cantidad de gente que teníamos delante, decidimos dejarlo para otro momento. Y esto os lo recomiendo encarecidamente, ya que la cola que hubiésemos tenido que esperar habría sido, aproximadamente, de casi dos horas. Así que, decidimos optar por otro lugar y dejar esta para más tarde.

Le habíamos preguntado a la chica que regentaba nuestro hotel cuál era su pizzería favorita y nos había recomendado una llamada Attanasio, así que aquella fue nuestra elección. Tuvimos que esperar una media hora de cola, pero nada que ver con lo que había en Da Michele. Una vez dentro, optamos por pedir una marinara y una cuatro quesos que, ya os advierto, fue la que más me gusto. Pero no solo del lugar, sino de todas las que probé el fin de semana. Y no andaría muy desencaminada si dijera que fue la mejor pizza que he probado en mi vida. Tengo que decir que a mí no hay nada que me guste más en la vida que los quesos y, en particular, los italianos. Pero el sabor de la masa, su cocción, la mezcla de los quesos… ¡Se me hace la boca agua de recordarlo!

Después, hicimos un tour guiado en inglés por las catacumbas de Nápoles, algo súper recomendable, pues se trata de una ciudad construida en muchísimos niveles y cuyo patrimonio descubierto no superaba aún el 5% de todo lo que esconde bajo tierra. De hecho, las catacumbas napolitanas fueron, en su día, acueductos romanos que, tiempo después, sirvieron como pasadizos en la Segunda Guerra Mundial. Los viernes y los lunes hay tours en español cada dos horas. Si no, puedes hacerlo en inglés o en italiano cada hora hasta las cinco de la tarde. 

A la salida, después de dos horas de tour, decidimos acercarnos de nuevo a Da Michele (aproximadamente serían las seis de la tarde). ¡Y Bingo! No había nada de cola. Entramos y nos dieron mesa en el momento. El sitio, que es bastante particular, es un local sencillo y bastante antiguo. No os esperéis un restaurante elegante ni bonito, porque no es así. Mesas muy juntas en las que, si hay mucha gente, te tocará compartir con otras personas. Y, en cuanto a su carta, no tendrás que pensártelo mucho, puesto que solo tienen dos tipos: Margherita y Marinara. Nosotros tomamos una de cada una y, sí, nos encantaron, pero no fueron nuestras favoritas (aunque sí las segundas más favoritas).

Después de llenar la tripa de nuevo, nos sentimos un poco saturados de pizza, así que nos sentamos en una terraza aprovechando el buen tiempo a tomar una infusión. Nápoles es una ciudad universitaria cargada de ambiente, y las calles estaban repletas de gente joven bebiendo y charlando. Antes de regresar al hotel, nos acercamos hasta un supermercado donde compramos provisiones para llevarnos de vuelta a casa: quesos italianos (mis favoritos), pasta fresca y algo que os recomiendo encarecidamente que os traigáis si vais, salsa de pomodorinos (tomates cherrys). ¡Allí son otra cosa!

A la mañana siguiente, teníamos el billete de vuelta a las diez y media, así que nos levantamos y un conductor del hotel nos acercó hasta el aeropuerto. El viaje a Nápoles fue breve pero intenso, como lo es Italia. Con sus costumbres, distintas en función de a dónde viajes, con su maravillosa comida y su gente, para mí es uno de mis destinos favoritos y un acierto seguro. Vayas a la ciudad que vayas, te gustará. Nápoles, por lo que le toca, confina el sabor más auténtico de Italia, en una ciudad caótica, en donde tendrás que echarle valentía para cruzar las calles o para no caerte por el desigual empedrado del suelo, pero estoy convencida de que te encantará. Mi viaje fue muy exprés, pero si tuviese tiempo, iría una semana. Volaría. Nápoles, alquilaría un coche de alquiler, y estaría siete días conociendo Pompeya, Positano, Capri… Es una zona que merece un viaje entero y que, desde luego, apunto en mi lista de lugares por conocer. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *