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Una escapada de cuento

BRUSELAS-GANTE-BRUJAS
Lo bueno de visitar un país pequeño es que, en apenas dos días, puedes conocer los lugares más destacados de su territorio. Y, si ese país en Bélgica, volverás a casa habiendo conocido ciudades de cuento, habiendo comido los mejores gofres del mundo, te habrás bebido unas veinte cervezas distintas y, además, te llevarás a casa un chocolate delicioso. ¿Te apetece el plan?

Si vives en Madrid, sabrás que uno de los trayectos que suelen ser más económicos para volar al extranjero es Bruselas. Con Ryanair, puedes conseguir un ida y vuelta por 50€ fácilmente en cualquier época del año. Por eso, me animé a decantarme por la capital belga, y aprovechar desde allí para visitar alguna ciudad más. Sin embargo, una vez que me puse a seleccionar los billetes, maletas, prioridad, selección de asiento, y lo que costaba el traslado al centro de la ciudad desde el aeropuerto de Charleroi (a una hora), me di cuenta de que, quizás, no salía tan económico como pensaba. Y, viendo Skyscanner, un comparador de vuelos por donde siempre suelo comprarlos, vi que volar con Iberia no era mucho más caro y que, además, llegábamos al Aeropuerto de Bruselas, desde el que, cogiendo un tren, llegas en quince minutos a la Estación Central. Así que, finalmente, compré los billetes con ellos. Esto os lo cuento para que, antes de pensar que volar con Ryanair es lo más económico, comprobéis bien cuánto es el total de todos los extras que implica volar con la compañía irlandesa. 

Finalmente, compré billete para el vuelo de las nueve de la mañana, y a las once y media aterrizamos sin retraso. Como decía más arriba, desde el Aeropuerto de Bruselas existe un tren exprés que en quince minutos te deja en la Estación Central. También tienes la opción de coger un autobús, pero nuestro hotel estaba justo al lado de la estación, así que optamos por el tren. Y, tal cual, media hora después estábamos dejando nuestras cosas en la habitación del Mottel One Brussels, el alojamiento que cogí a través de Booking y que os recomiendo encarecidamente: está súper bien ubicado, el personal es muy amable, las habitaciones son muy chulas y están muy limpias, en su hall tienen un bar donde sirven unos cócteles buenísimos, que sientan aún mejor después de un día de turisteo y, por último, tienen un desayuno riquísimo. 

Dicho esto, y tras dejar las maletas, volvimos a la estación y compramos los billetes para el siguiente tren a Gante. Esto puedes hacerlo a través de Internet y llevarlo ya comprado, pero nosotros optamos por hacerlo allí directamente. Se adquieren en máquinas expendedoras como en cualquier Cercanías de España. Eso sí, no te fíes de que no tengas que validar el billete, porque una vez montados en el tren, siempre pasará un revisor. Y siempre es siempre. Así que sé legal y compra el ticket. Los trenes a Gante suelen salir cada quince/treinta minutos, y el trayecto no alcanza la hora. Así que, a eso de las dos, ya estábamos allí. 

Como hacía un frío que pelaba y la estación está un poco alejada, optamos por coger un tranvía que nos dejara en el centro. Allí, lo primero que buscamos fue un sitio para comer, pues eran cerca de las tres y ya había muchos sitios cerrados (los españoles y nuestra manía de expandir nuestros horarios aunque nadie nos siga). Finalmente, encontramos un sitio llamado Wasbar, un restaurante un tanto peculiar, pues mientras comíais, podías poner una lavadora.
Pero, aún así, fue una gran elección, ya que tomamos una sopa del día que estaba buenísima y que nos hizo entrar en calor, y un bagel. Así que, con las pilas cargada, nos pusimos a recorrer las calles.

Gante es una ciudad pequeña cuyo centro histórico se compone, sobre todo, por su catedral, su campanario (al que se puede subir y desde el que hay buenas vistas), la Iglesia de San Nicolás, el puente de San Miguel que cruza el río Leie, el Castillo de los Condes de Flandes y sus canales. Todo ello se encuentra en un radio de 500 metros, por lo que es muy sencillo recorrerlo todo sin hacer grandes distancias. Un par de horas después, tras haber callejeado bien la ciudad, entramos en Max, una especie de cafetería de decoración clásica en el que nos tomamos un gofre delicioso. Eso sí, a precio de oro. Por dos gofres y dos cafés nos cobraron 35€. Pero, si te lo puedes permitir, te animo a que vayas, porque no solo estaba muy bueno, sino que el lugar es bastante bonito. 

Finalmente, a eso de la seis, decidimos volver para la estación y coger el siguiente tren con dirección a Bruselas y, una hora después, estábamos en el hotel. Nos tomamos una hora para descansar y ducharnos, y volvimos a salir, esta vez para aprovechar la noche y conocer Bruselas. Todo el mundo que conozco que ha estado en la ciudad me repetía que tampoco hay mucho más allá que ver a parte de la Grand Place. Y, en cierto modo, tiene razón. ¡Pero menuda plaza! De noche, totalmente iluminada, es un lugar que impresiona. También parte del encanto de la ciudad reside en callejear por sus calles sin rumbo. Eso sí, te recomiendo que, antes o después de cenar, te tomes una cerveza en el Delirium Café, donde, literalmente, tienes tres pisos de tipos de cerveza para elegir. 

A la mañana siguiente, cogimos el tren de las nueve de la mañana hacia Brujas. En una cafetería de la estación, nos cogimos café para llevar y unos cruasanes que teníamos pensado tomar durante el camino. Pero, para nuestra desesperación, el tren llegó con veinte minutos de retraso y, lo fue peor, casi una hora tarde a Brujas. En una situación normal nos hubiese dado igual, pero habíamos contratado un tour guiado por Civitatis que, obviamente, no pudimos disfrutar. 
Al llegar, fuimos directamente a Grote Markt, la plaza principal de la ciudad desde donde salen todos los tours y que es especialmente bonita. Y, por suerte, dimos con uno que empezaba apenas minutos después y que tenía plazas libres. ¡Y nos encantó!
Fueron tres horas caminando por la ciudad en donde Jose, un chico portugués que vivía allí, nos iba contando todos los datos históricos y curiosidades de un pueblo que, como tal, es un sueño: su campanario, sus canales, la catedral de San Salvador, la basílica de la Santa Sangre, el Beatario (cuya historia te encogerá el corazón)… Elegir un freetour en una ciudad así es totalmente recomendable ya que, sin ello, es muy complicado que conozcas el lugar como merece la pena. Brujas es una ciudad de cuento. Tal cual. El encanto de sus calles, su arquitectura, sus colores, sus canales te atraparán, porque es imposible resistirse a ellos. 

Después de hacer una parada para comer en un sitio de hamburguesas, nos decidimos a coger tickets para dar una vuelta en barco por sus canales y, aunque pueda parecer una turistada, te lo recomiendo porque observar la ciudad desde ahí es una perspectiva que no te puedes perder. El paseo dura aproximadamente media hora y cuesta 10€ por persona. Por último, para finalizar el día, nos compramos un gofre para merendar, que nos fuimos comiendo de camino a la estación de tren. Por suerte, el trayecto de vuelta salió rodado y, a eso de las ocho, estábamos de vuelta en el hotel. Aquella noche estábamos tan cansados que, directamente, decidimos bajar al hall del hotel y tomarnos un sándwich y un cóctel (ya os dije que tenía muchísimo ambiente y era genial).

Al día siguiente, nos despertamos con calma, recogimos las cosas y bajamos a desayunar al bufet del hotel. Es caro, sí (11€ por persona), pero todo estaba delicioso y, para nosotros, mereció mucho la pena. Ya se sabe que, como el desayuno de un hotel, hay pocas cosas mejores: tostadas con diferentes panes, un montón de quesos, cereales, embutido, fruta, mermeladas, bollería deliciosa… 

Así que, con la tripa llena y con toda la calma del mundo (salimos del hotel una hora y media antes de que el vuelo saliera), fuimos para la estación y cogimos el tren de vuelta al aeropuerto. En 20 minutos estábamos en la cola para pasar el control de seguridad. Y, tres horas después, llegábamos a Madrid tras finalizar el último viaje al extranjero de un largo periodo, y para comenzar una semana que, sin saberlo pero intuyéndolo, iba a estar muy movidita.

Siempre digo que todos los viajes acaban para que comiencen otros mejores. Cuando el viaje a Bruselas finalizó nunca supe hasta qué punto. Porque sí, volveremos a viajar, y esa vuelta a los aviones será algo histórico. 

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